Sombras de la China

jueves, 21 de febrero de 2008

Edvard Munch, El Grito



"No quiero la terrible limitación del quevive tan sólo de aquello capaz
de tener sentido.Yo no: quiero una verdad inventada"

CLARICE LISPECTOR

















Dicen que un artista famoso del primer rock‘n roll de los años 50’, en la penumbra de una habitación, un camarín, o cualquier otro sitio, encendía una lámpara, la dirigía hacia la pared y se interponía entre la luz de la lámpara y la pared, consiguiendo ver una sombra de sí mismo dibujada en la superficie de ésta última. Solía entonces sentarse por horas a hablar con su sombra, la interrogaba, la interpelaba, y entre sus propios silencios oía lo que su sombra decía y articulaba sus respuestas…

Leo en uno de mis viejos cuadernos de notas un boceto para un texto: “Verónica es el nombre de mi personaje. Un límite, una línea divisoria, el borde de una cornisa: el terror a no ser, a desaparecer sin haber vivido. Entiende que vivir tiene como única acepción posible: ser”

La sombra en la pared o la aceptación de la palmada en la espalda, la tarjeta de socio del club, un trabajo decente, el sueldo a fin de mes y el auto en cuotas.

Una vez más una hebra de mi ovillo en otro cuaderno: “Cualquier cosa antes que esta soledad que me está pudriendo los huesos.”

Una mordedura de araña: ser uno más a costa de renunciar a la sombra en la pared. Porque nadie se siente cómodo sentado al lado de un tipo que alucina. Aunque sea un simulacro de felicidad: una paz pactada a fuerza de renuncias.

Toda mi vida ha sido querer adaptarme a esto sin sentir en exceso su crudeza y su abyección (*)

Y entonces se me hace necesario renunciar a la renuncia: la máscara sería inmensamente menos enojosa. Y sin embargo ese camino nunca me acercaría al gerundio, me herrumbraría en el simple atavismo, en la apenas caricatura grosera que no conforma y corroe.

Un cristal se rompe. Despierto. Oigo mi grito. Quiero una verdad soberana: dibujo entonces una sombra chinesca en la pared. Y ella me responde.

(*) Fernando Pessoa, Libro del desasosiego

Alambres Invisibles

lunes, 18 de febrero de 2008

Y si supieras la cantidad de cosas que tenia ganas de decirte! ¿Habrás visto que casi me lanzo al abismo de tu boca, que en un momento el arrebato me cegó al punto de que solo necesité tus labios como único sostén para mi vuelo?

Y me gusta imaginar que sonreías para mi, que vos estabas también temblando de emoción cuando yo te miraba casi acariciándote con mis ojos y mis manos cerradas rozaban apenas el borde de tu mano que estaba ahí tendida como una invitación.

Y sin embargo, si elijo escribir sobre vos es sencillamente porque no puedo hacer más que mentirme así que te acerco un poco, mentir que es tanto menor la distancia y que acercándote en palabras te extraño un poco menos.

Pero te vas desdibujando de a poco. En mis ojos cerrados trato de impedir que te vayas y te agarro de las pestañas pero te zafás y te borrás de a poquito y yo te persigo, pero vos corrés mas rápido y final ya no te veo y detrás de los árboles te busco y ya no estás. Ya te fuiste otra vez.

Y en ese entonces ni siquiera imaginabas quien era yo, quién detrás de la sonrisa que te obsequiaba cada día sin fijarme siquiera en si te dabas cuenta de que era a vos a quien sonría y que no tenía ningún tipo de tic nervioso o alguna cosa parecida. Y eso eras: una fiesta en una casa grande y lujosa con muchos invitados y todos riendo y divirtiéndose, bebiendo la VIDA a grandes tragos. Y yo un gris señor que pasaba cavilando por la vereda y te espiaba furtivamente deseando que nadie pasara en ese momento.

Cuántas veces al mirarte me pregunté que sería lo que estaría pasando en ese momento por tu mente. Y es que en esa época aun eras Azul-la-extraña-mujer, la siempre ausente. Algunas veces entre humo pude ver algún atisbo de vos, de esa que allí detrás de una muralla vivía.

¿Cuándo fue que nos miramos por primera vez? Ojo, no me refiero a esa vez en que nos saludamos en la presentación de rigor, cuando alguien que yo conocía y te conocía a vos nos acerco en ignorancia total del peligro que eso supondría para cada uno de nosotros, no. No me refiero a la primera vez que te plantaste frente a mi con todo tu orgullo de hembra orgullosa de serlo y desafiante y pedantemente te hincaste con los pies siempre dispuestos a demostrar lo bien plantados que estabas sobre la tierra. Porque creo que esa vez ni siquiera nos vimos: éramos dos extraños que coincidían en espacio y tiempo, pero solo eso.

Además, que interés podías tener en un hombre tan opaco como lo fui siempre yo, vos, que siempre estabas ahí brillando frente a todo el mundo, centro y origen de toda la energía del universo en que por un mero capricho de algún dios coincidimos. A veces, y aunque cueste, porque ya visto todo desde acá la cosa no es tan clara, trato de acordarme de cómo fue que me fuiste modificando el firmamento aburrido y monótono que era mi vida (esa palabrita…) antes de vos.

Y si. Solemnidad sobre todas cosas: antes de vos y después de vos. Y que alguien me diga que es una idea demasiado romántica para ser verdad. (*)

Y siempre me escondía de una verdad que me era odiosa, de las certezas que todos parecían compartir y en mi eran simplemente aire. Allí estaban todos siendo una cosa que yo no podía concebir como cierta: o era esa una verdad a medias, un esfuerzo pactado entre todos en silencio para creer que de eso se trata la vida, un parecer, un aparentar que se vive, que se es así, nada mas, en esa superfluidad nunca reconocida…era eso o que yo había nacido con un defecto, con una minusvalía que me impedía realizarme y ser.

Cuantas veces me habré sentido como imagino se siente un zurdo que va a comprar algún accesorio y descubre que a nadie se le ocurrió que un zurdo lo podría llegar a querer y se fabrica únicamente para que lo usen los diestros…

Y así esta vida iba siempre hacia la derecha y yo que tengo una pierna más corta que otra parecía ir siempre chocándome con todos, porque por una cuestión en la que se combina la gravedad con la caída libre iba yo siempre tendiendo hacia el otro lado, rojo en vez de blanco o azul y así siempre.

Alguna vez me pregunté cuál fue el momento en que me salí de la rueda, el momento en que dejé de ser un engranaje más de la máquina. Pero al instante se produce la división celular y la duda se multiplica: ¿es que fui alguna vez parte de ella?

Porque cuando lo pienso creo intuir que siempre presentí la sospecha de alguna cosa que falseaba la verdad, sonido a frase prefabricada, una de esas frases que se dicen cuando hay que decir lo que hay que decir, de alguna manera era un admitir (por fuerza?) lo bueno de la serie a pesar de haberse visto los alambres ( cuando era chico pasaban por TV una serie de aventuras protagonizada por marionetas. Había veces en que los alambres con que las movían se veían y entonces la magia de que un muñeco de trapo mueva la boca para hablar se desvanecía. Pero en un instante uno se olvidaba de los alambrecitos, porque El Capitán Escarlata era demasiado valiente y su flota intergaláctica todo un placer y al fin y al cabo unos alambrecitos se olvidan tan rápido…)





(*) Nota del Autor: Desde aqui el texto original, escrito alguna madrugada olvidada, es un divague sobre otro asunto. Sólo por un sentido (tonto?) de fidelidad a la mano que escribió, no ha sido quitado de esta transcripción.

Cartas de Cyrano ( II )

domingo, 17 de febrero de 2008






 “El azul da a los demás colores su vibración”.
                                                PAUL CÉZANNE




Desde algún lugar del mundo.                                     

Estimada Dama, Azul:


¡Con qué placer he leído su esquela! Había comenzado a dudar de la eficiencia de los funcionarios de correos. Es fama que gran parte de los desencuentros entre las personas a través del tiempo han sido ocasionados por los malos hábitos de los empleados postales. Aunque, a ser justos, tenemos también algún memorable cartero, como aquel que llama dos veces, o el de nuestro estimado amigo, don Pablo Neruda, y, más moderno, el “Mr. Postman” de ese grupo de jóvenes flequilludos de Liverpool.

¿Cómo se lleva usted con las elecciones, cómo cuando le toca optar por una alternativa entre muchas? Y es que una disyuntiva invita siempre a la duda. Un antiguo relato de viajes cuenta sobre un caminante que se pierde en los túneles oscuros de una ciudad subterránea, sin más luz que la que podría conseguir con la yesca con que da lumbre a su pipa. Avezado en los menesteres propios de la aventura, no desespera de su situación, que por cierto, no es para nada halagüeña, se sienta, apoyándose contra una de las paredes de la caverna, enciende su pipa, y mientras presiente que el humo del tabaco se eleva en suaves volutas, comienza a escarbar en su mente en ese otro humo: evoca sus recuerdos (recordar: del latín re-cordis: volver a pasar por el corazón). No lleva cuenta de cuánto tiempo hace que le ocupa esta tarea. En cierto momento una brisa fresca le acaricia el rostro y le tiende una mano que lo invita a la salida de su encierro. La espera le ha mostrado la opción a seguir.

Debía yo elegir un camino entre todos los posibles para arrimarme a su mundo, como bien usted lo ha llamado. Me pregunta usted si juego con su curiosidad. Y ha dado en el blanco, aunque quizá sea precisa alguna apostilla.

Le hablé la última vez del azar y sus juegos. La invité también a un juego, por cierto. ¿Me permite una digresión? Robert Desnos, Paul Eluard, André Bretón y Tristán Tzara, cuatro tipos bien sesudos, representantes todos de la corriente surrealista de principios del siglo XX estaban redondamente aburridos de Paris y las luces y de tanto barrio latino y Sena y torre Eiffel. Uno de ellos (la historia no dice cuál) propuso un juego colectivo: uno de ellos escribiría una frase en un papel y luego la ocultaría realizando un pliego, dejando ver solo una o dos palabras. El siguiente jugador retomaría desde allí y aportaría una nueva frase, con lo que al final tendrían un texto escrito a cuatro (o más) manos. La historia cuenta que una de las frases que en aquel primer juego quedó plasmada fue “Le cadavre exquis boira le vin nouveau” (El cadáver exquisito beberá el vino nuevo). De ahí en adelante este juego, convertido cuasi en una técnica de los surrealistas, se conocerá como “Cadáver Exquisito”.

Elegí jugar. La invito a jugar. Escribamos un “cadavre exquis” de a dos. Que este ir y venir de palabras sea espejo y estanque y una mirada en la que mirarse.

Juego, es cierto. No con su curiosidad. La invité a inventar una estrella. Acaso sea más apropiado decir que la invité a que tejamos un universo.

El curriculum vitae. Tiene usted razón. Al menos en parte. Poco es lo que dije de mis datos curriculares. Pero es tanta la confianza que tengo en mi estrella que se que usted podrá verme en cuatro colores y tamaño real y tres dimensiones.

Tiene razón Usted, aun no he conseguido ver todos los rincones de su mundo…

Quiero saber de usted. Cuénteme alguno de sus recuerdos. Podría empezar por hablarme de aquellas canciones que tiene casi olvidadas y le hacían sentir cosas. Esas que fijaron tiempo y espacio y memoria. Cuénteme de los libros que le han hecho temblar de miedo o llorar de emoción y de las islas y montañas y desiertos y mares que recorrió en sus lecturas. Hábleme de cómo se imaginaba que sería el futuro cuando fuera mayor y ya no tuviera miedo a lo desconocido que se esconde debajo de la cama. Hábleme de las cosas que le importaban, por ejemplo, de sus peluches y sus pulseras. Hábleme de cierta vez en que no pudo hablar de tanta risa que le inundó el pecho y se atragantaba; de la amiga que más envidiaba en su adolescencia porque se sentía usted pequeña y feucha al lado de ella y aún así la adoraba. Hábleme de si le gustaba su nombre -si todavía le gusta- y si le regalaban caramelos el día de su cumpleaños. Cuénteme si jugaba en el patio de su casa y si se hizo moretones en las rodillas cuando tuvo su primera bicicleta. Dígame si tenía una mochila llena de sueños y adonde fue con ella en su primera excursión. Hábleme de todo eso. No hay prisa. Quiero saber de sus vacaciones, las de verano y las de invierno, y lo que pensó la primera vez que vio la nieve o el mar o la sonrisa de aquel muchacho que la miraba distinto, y de los nervios que sintió. Cuénteme de las cartas de amor que escribió a sus enamorados y nunca envió, de las horas que paso mirando el cielo en un atardecer y si alguna vez recibió el día mirando el alba.

Hoy deseo que me hable de esas cosas, de los ladrillitos de su mundo. Hábleme de la mujer que ahora imagino frente a mí, de ésta que con un gesto de su mano izquierda recoge un cabello que intuyo largo y encrespado, y dígame si sabrá reconocerme en este juego que comenzamos. ( * )

La niña imaginó una estrella como una lágrima del cielo.

La mujer que me mira a través de este mensaje en una botella.

Una lágrima puede también ser una sonrisa. La niña no era una niña tonta. No podría serlo. La niña ve una estrella, sueña con ella, y se convierte en mujer. Ella es también una estrella…

“Como cuando uno va a probar un bocado delicioso y quisiera nunca acabar de saborearlo...”
Me quedo ahora paladeando el momento en que pose su mirada en estas líneas.

Mi estrella me ha favorecido, y usted se asomó a la ventana y ahora la veo allí y me pregunto por usted…


Desde algún lugar,

Cyrano.

                              
“Qué bendición hay en lo azul. Nunca imaginé que lo azul pudiera ser tan azul”.

                                                                      VLADÍMIR NABOKOV


Cartas De Cyrano ( I )





Desde algún lugar del mundo.

Estimada “Dama Azul”:

Finalmente me decido a lanzar esta piedrita a su ventana, con la secreta esperanza de que el azar y mi estrella me acompañen, y se asome usted por un momento, así no sea más que por mera curiosidad…

Siempre resulta curioso pensar cómo las cosas pueden ordenarse, o desordenarse mas allá de todo lo concebible. Quizás ahora que usted lee estas líneas se halla cómodamente sentada, con una bebida a mano, abanicándose para espantar el calor. En cambio yo ahora me he puesto un abrigo, porque ha refrescado, y llueve mansamente, y las Variaciones Goldberg, y la madrugada. O tal vez para usted es la tarde de otro mes que éste en el que escribo, y mi futuro es su presente y ahora usted se recuesta con este pliego en sus manos, y yo camino un parque o leo un libro.

También puede ser que usted no guste de proceder metódicamente y ha comenzado a leer desde mi firma hacia arriba, como quien sube una escalera de espaldas y descubre que existe un lado oculto de las cosas. (Haga la prueba con cualquier escalera exterior. Piense que muy poco antes, la última vez que trepó esa escalera de la forma usual, el mundo de atrás quedaba excluido por la vista de la escalera misma. Pero basta con subir esa escalera para atrás, y verá cómo todo un mundo nuevo, antes abolido por el método y la costumbre, aparece como nacido en ese instante). En cambio si su mirada esta posada en este mismo renglón, estará trepando un peldaño agregado por mi mano indecisa poco antes de enviar esta misiva…( * )

Juegos del azar.

Yo desperté esta tarde de una necesaria siesta y cuando me dirigía a comprar víveres descubrí una nota introducida por debajo de la puerta. Era de un amigo cercano. Tenía apenas dos renglones. “La encontré. Es ella”, y luego una dirección, ésta que ahora utilizo en este intento de acercarme a usted. De nuevo, la trama de un travieso azar me pone en las manos la punta de un cordel (pienso ahora en un mito, una Desdémona, un Otelo, un Minotauro). ¿Y a dónde, a quién me llevará?

Juegos.

Si ha llegado hasta aquí (sea que haya empezado desde el encabezado, o desde mis señas) intuyo que está tentada a asomarse a la ventana y ver quién anda en su jardín arrojando guijarros a su ventana.

“¿Y quién golpea a mi ventana?”, pensará usted. “Es ella. La encontré”.

De nuevo las piezas de un puzle que mezcla formas, que inventa coincidencias y en una nube dibuja un caballo alado.

Pero ciertamente se hace preciso que tenga usted al menos una referencia. Por discreción y también travesura, voy a dejar en suspenso mis datos curriculares, que irán siéndole revelados cuando alguna situación lo requiera, o su curiosidad los haga necesarios. Mientras tanto le solicito acepte nombrarme, simplemente, Cyrano.

Hace un rato (unos minutos para usted, un par de horas para mí) escribí “mi estrella”. Es notable que su dirección contenga el color azul. Desde siempre me ha gustado ese color… (Cielo – azul – estrella – azul- cielo). Y quizás sea cierto que mi amigo ciertamente tiene esos poderes que tantas veces se atribuye. Y acaso… ”Es ella. La encontré”…

La invito, Dama Azul. Asómese a su ventana. Ese sonido que escucha no es un pajarillo ni un gato juguetón. Tiéndame usted la punta de un ovillo. Desenredemos el azar, inventemos una estrella y que el azul que es cielo nos preste por un rato las alas. Sin método, sin formulas. Arrimándose. Ahí viene un juego con espacio para dos. ¿Nos subimos, o lo dejamos pasar?

Desde algún lugar,
Atentamente,
Cyrano.


( * ) Paráfrasis sobre un audio de Julio Cortázar

La Radio y Yo

jueves, 12 de abril de 2007



En nuestra casa de Moreno, en Buenos Aires, a mis cinco o seis años no había televisor. Así que la radio era una presencia casi constante. Nos levantábamos con la radio, desayunábamos con la radio, almorzábamos y cenábamos en compañía de la radio.

Desde siempre tuve problemas para conciliar el sueño: estaba destinado a ser un noctámbulo empedernido.
Creo que le debo a mi padre la costumbre de dormir con música. Y es que los dormitorios de la casa donde vivíamos en esa época, estaban en una de esas casillas prefabricadas con subdivisiones de material prensado, parecido al cartón o aglomerado, y tenia paredes de madera terciada. Papá se acostaba temprano, porque también tenía que levantarse de madrugada para ir a la fábrica donde trabajaba. Cuando nosotros nos íbamos a dormir, y apagábamos la luz, se oía zumbar desde su mesa de luz su radio a transistores.

Era una de esas radios portátiles, seguramente china o taiwanesa, comprada a bajo costo en el Once. En medio de la oscuridad y silencio de ese barrio obrero, la radio sonaba a la vez lejana y vecina. Entre la estática, que con mucha paciencia papá intentaba reducir a un mínimo aceptable barriendo ida y vuelta la ruedita del dial, llegaba la voz de Lionel Godoy, locutor de Radio El Mundo, en su programa “La noche con Amigos”. Y entonces se oía a Edmundo Rivero diciendo “La ultima curda”, “Sur”, o “Nieblas del Riachuelo”, y su potente voz de bajo y su fraseo de arrabal ocupaban el aire. Pero si Lionel Godoy decía, en cambio, que era el turno del “Polaco”, Roberto Goyeneche, la estática dejaba de ser apenas un hilo y se incrementaba. Y claro, era señal de que papá con urgencia decidía seguir firme en su idea de que “El Polaco” no cantaba, balbucía, y el viene y va sobre la rueda del dial empezaba otra vez, y radio El Mundo perdía un escucha que se pasaba a Radio Del Plata, a Jorge Bocacci y su “Bocacci a Tango Limpio”.

El viejo me heredó quizás el primer gusto por el tango. Bah, para ser justos, por la música toda.
Y el fútbol del domingo. Aunque ahí la cosa ya no era tan fácil. Y es que a mi me divertía más José María Muñoz, en La Oral Deportiva, Radio Rivadavia, y cómo decía su eterno Gooooool!, tan imitado luego por otros locutores. Imitado también por nosotros en nuestros juegos, claro. Pero el viejo escuchaba en Radio Mitre a Víctor Hugo Morales, ese uruguayo que aún hoy nos hace emocionar cuando escuchamos el audio del gol “del” Diego a los ingleses en el mundial del ’86. Muchos años pasarían para que entendiera esa preferencia. Y es que a los 6 años uno no está enterado que un locutor de radio puede colaborar con una dictadura militar, aunque solo sea hablando a un micrófono.

El ’82 fue un año memorable, y es que ese año comencé el primer grado en la escuela del barrio. Una tarde al volver, corriendo como siempre, entré en la cocina de la casa y me quedé parado, sin entender lo que pasaba. Papá tenía encendida la radio, y oía las noticias. Acodado en la mesa, la cabeza entre las manos, lloraba. “Yo, yo tendría que estar ahí”, decía, y con ese puño enorme que tiene, golpeaba la mesa, una y otra vez. Era el 2 de Mayo, y en la radio la noticia era que los ingleses habían hundido el Buque Ara General Belgrano. Volvería a ver así a papá, en junio, cuando se anunciara por Cadena Nacional la rendición y la pérdida de las islas.

Las mañanas eran más bien tardías en casa, para nosotros al menos, mechadas con mate de leche y tostadas, y años mas tarde, el verdadero mate. Y la radio, claro. Mamá desde que se levantaba sintonizaba a Héctor Larrea, en su clásico de más de 30 años, Rapidísimo. Mamá es una persona de risa fácil, siempre pronta a la carcajada, y no me cuesta nada recordar los alaridos que daba cuando Don Luis Landriscina hacia una entrada en el programa, y contaba, contaba como se debe, según papá, un cuento de santiagueños. A mi me gustaba también, pero sentía una simpatía especial por el despiste sistemático de ese otro personaje al que aún no había visto en televisión, Minguito Tinguitela. Y como imitar es regla cuando se es chico, “Qué haces, tri tri?”, una de las frases de Mingo, se ganó risas familiares, y alguna vez un buen reto, porque también es regla infantil ser “políticamente incorrecto”.

Quién diría que muchos años después, oyendo la trompeta de Miles Davis, o Charly Parker, el recuerdo de esas mañanas volvería limpio en el tiempo. Tal vez la culpa de que la semilla del jazz se haya metido en mis oídos sea al fin y al cabo de “Hetitor” Larrea, y su porfía de musicalizar su Rapidísimo como mejor le parecía.

Por algún tiempo vivió en nuestra casa mi abuelo paterno. Como buen tucumano, la costumbre de dormir la siesta era para él un rito casi obligatorio. Tenía una reposera plegable, de lona, y armaba su siesta en la galería de la casa. Él tenía un radio grabador Hitachi, aparato que codicié en secreto muchas veces, lleno de botones, y agujas rojas en los amperímetros, lucecitas que subían y bajaban según el volumen, y hasta sintonizaba onda corta. El nos decía que ahí él escuchaba radios de otros países, en otros idiomas. Aún así creo que al abuelo le gustaba el estilo sensacionalista, porque casi todo el día oía Radio Colonia, con su jingle de noticiero, “Hay más informaciones, para este boletín”. Leía también el diario Crónica, pero eso es parte de otra historia.

Creo que debía tener unos 13 o 14 años cuando heredé mi primer radio: un grabador Noblex doble con casetera (Noblex, o nada que oír, decía por aquel entonces la publicidad radial de esa marca), usado, muy usado, claro. Fue a través de ese equipo que la radio se metió más intensamente entre las cosas importantes de la adolescencia.

Por aquella época en la barra de amigos las aguas se dividían a la hora de la defensa y ataque a una u otra emisora.

Por un lado estaban los que se habían subido al tren de una moda que comenzó a imponerse en muchas radios FM y que haría historia, los charts o rankings, y oían radios como FM TOP, FM HIT (Daisy May Queen se convertiría en el molde para muchas locutoras edulcoradas, a tal punto que aún hoy su estilo sigue presente en muchas FM). Los de este subgrupo discutían lo merecido o inmerecido de que tal o cual tema se ubicara esa semana en mejor o peor posición que en la precedente, o llamaban por teléfono decenas de veces a la radio para hacer fuerza para que su tema trepara hasta el codiciado numero uno.

En otra esquina estábamos los que cultivábamos un estilo mas soft, acérrimos oyentes de Radio Horizonte (94.3), Aspen (102.3) y la primer época de FM100, con Juan Elías Ranieri a la cabeza, aunque la emisora luego seguiría los pasos de las radios que llenaban la programación de éxitos latinos, que duraban un verano, o menos. Lo nuestro era el pop británico y estadounidense, The Police y U2, o unos aún desconocidos Maná, y Soda Stereo y el buen rock nacional. Claro que dejábamos un estimable lugar a la rebeldía metódica de los locutores de “la” Rock & Pop.

Y estaban los otros, los menos, un hermano mío entre ellos, que habían tomado la posta del tecno y el house que emitían en la radio Z95, con programas como “La maquina del sonido”, y su “cheto” (y estridente) conductor, Bebe Sanzo, o su variante aún más tecno, radio Energy¸ o simplemente la NRG, y su dios particular: Dj Dero.

Conservo aún, mas por nostalgia que por otra razón, algunas cintas grabadas en la radio, casetes que originalmente fueron de algún curso de inglés, o de algún conjunto ya olvidado de chamamé y guaránias, sustraído furtivamente de entre los de mamá, y algunas pocas hechas en cintas vírgenes de pésima calidad, de esas que comprábamos en oferta, tres o cuatro a precio ínfimo. En una de esas cintas, se oye, al final de un tema de U2, la voz de Martin Wullich, locutor emblemático de Radio Horizonte, FM 94.3, decir: “Tres de la mañana. En Buenos Aires, una nueva hora comienza”. Era una vez más el insomnio, y la radio, Enrique Matavos y su programa “La noche de Radio Horizonte”.

“La mañana de Julio Lagos” en Radio Continental, y luego en Aspen 102.3, acompañó los años en que trabaje como operador en un locutorio en Capital Federal. Noticias, notas de color, literatura comentada eran los ingredientes de ese ciclo. A finales de Junio del ’97 Julio Lagos anunciaba un programa especial que saldría al aire el 2 de Julio. Se cumplían entonces cinco años del fallecimiento de Maestro, Astor Piazzolla, y la radio le rendía su homenaje. Fue también la ocasión de conocer una música sublime que a partir de allí estaría cotidianamente entre mis preferencias.

Hace casi una década, una amiga me habló de un programa radial, desconocido para mí, que calificó de excelente, y mencionó la posibilidad de ver el programa en vivo. La cita era en la bodega del ya mítico Café Tortoni, el programa “La venganza será terrible”, y el conductor, claro, Alejandro Dolina (las legendarias trasnoches de la bodega del Café Tortoni pasaron a mejor vida en el Buenos Aires post Cromañón) Creo no equivocarme si digo que esa experiencia, repetida con enorme placer muchas veces, fue una de las mas importantes para terminar entender el porqué de la magia y el influjo que la radio ha tenido, y tiene aún hoy, en mi vida.